domingo, 28 de septiembre de 2008

El más novedoso producto de todos los tiempos

El sol entraba a raudales por las amplias cristaleras de la oficina. Todo parecía prometedor. El horizonte amanecía despejado. En aquella reunión convocada a primera hora de la mañana se cifraban grandes expectativas. Decir esperanzas resultaría demasiado poético para el lenguaje expedito que se hablaba en aquel edificio, símbolo del progreso, la sofisticación y la eficacia profesional. Los peces gordos que aportaban el capital se abismaban tras las vidrieras de la ansiedad, con un leve boqueo y el conveniente barniz de sudor frío requerido por las circunstancias. El lobo resoluto se esponjaba, cómodo y satisfecho, dentro de su traje de impecable corte, parapetado tras su mesa, reclinado en su sillón. Como todo agresivo manejador de los hilos de la empresa, dominaba el cotarro desde la atalaya de sus su provisionales. Los loritos pensantes toqueteaban sus papeles y disimulaban su nerviosismo con la capa de circunspecta dignidad de la que se revisten quienes han utilizado la materia gris. El vistoso papagayo se atusaba las patillas, se humedecía su piquito de oro y mentalmente repetía el discurso, los ademanes y los chistes de los que constaba su exhibición circense. Todo estaba a punto de empezar. Cuando el último de los citados franqueó la puerta de cristal y se acomodó en el asiento de cuero, la reunión dio comienzo. El lobo resoluto hizo las presentaciones de rigor, especificó una serie aprendida de objetivos, repitió algunos valores que se debían preservar, preguntó si alguno quería café o una botella de agua mineral y entonces mandó al vistoso papagayo que expusiera lo que los había logrado juntar bajo aquel techo de pladur y focos de diseño: la impactante, eficiente, sensacional, espectacular y sin precedentes campaña publicitaria del más novedoso producto de todos los tiempos. Tras pronunciar semejante parrafada, destilando carisma, irradiando confianza en sí mismo y casi persuadiendo al resto de los concurrentes de que eran una pandilla de amigos que tenían muchos buenos recuerdos de juventud que rememorar en equipo, y casi morir de asfixia en el intento, concedió una breve tregua a sus pulmones, a sus cuerdas vocales y a su convincente encanto y se limitó a mostrar algunas gráficas de colores atrayentes y una presentación muy visual de su portátil que el cañón proyectaba en la pared granate.

-Para promocionar el más novedoso producto de todos los tiempos -prosiguió-, hemos contado con la eficaz acción coordinada de publicistas especializados en el campo de los productos de higiene íntima. De hecho, no ha sido necesario que nuestros publicistas de desodorantes, compresas y champús modificasen los lemas que tan afortunadamente utilizaron en la venta de esos productos. Y es que, nuestros investigadores de márquetin, unos auténticos linces, después de realizar a un representativo espectro de la población detalladas y fiables encuestas, extrajeron la brillante conclusión de que las cualidades que se ponen de relieve en los anuncios de productos de higiene íntima son las mismas que queríamos resaltar en el más novedoso producto de todos los tiempos. Los primeros tanteos a pie de calle no pueden ser más optimistas. Creemos que la estrategia que hemos marcado tendrá una acogida inmejorable por parte de los consumidores. Tenemos la firme convicción, en definitiva, de que, dada la situación actual del público al que nos dirigimos, el más novedoso producto de todos los tiempos va a ser un fenómeno de ventas como no ha habido otro en la historia de la humanidad.

La grandilocuente gramática parda del vistoso papagayo, tan halagüeña a los oídos de los peces gordos, tranquilizadora para el lobo resoluto y aduladora para con los loritos pensantes, dio sus frutos, porque hubo carraspeos de aprobación, asentimientos de testuz, gruñidos de conformidad, jadeos de complacencia oronda y apretones de manos que intercambiaron cartas blancas y asas de esos maletines tan apetecibles que van rellenos de verde pasta al pesto, que endulzan el paladar y hacen más llevadera la digestión. Todos de acuerdo y con los bolsillos abastecidos, la reunión se disolvió en volutas de satisfacción y la empresa de publicidad se puso manos a la obra.


La consumidora número uno, a la que llamaremos Eva, entró con la consumidora número dos, a la que designaremos como Lilith, en su apartamento. Ambas se sentaron descuidadamente en el sofá y la consumidora número uno no pudo reprimir un resoplido de hastío y desesperanza. La consumidora número dos le dijo que se quitara de la cabeza aquello que la estaba haciendo sufrir tantísimo. Realmente, no merecía la pena, y menos después de lo que había visto aquella mañana mientras, con las legañas aún pegadas y removiendo una taza de té verde, se preguntaba a tientas por dónde andaba la salida a aquel callejón que, así lo atestiguaba la placa, había sido bautizado con el nombre de “Mi Vida”. Aquella mañana los ojos se le habían acabado de abrir, rasgando las legañas y derramando parte del té verde por un espasmo de emoción, cuando allí, reflejada en la pantalla del televisor, había visto la respuesta a todos sus quebraderos de cabeza. Repentinamente, aquel recuadrito chisporroteante de electrones había adquirido toda la potestad y los visos de convertirse en aquella anhelada salida al obstruido callejón de su vida, ese que, en su tediosa monotonía, no iba ni para delante ni para detrás. La consumidora número dos estaba segura de que su amiga sentiría lo mismo cuando viera aquel portento de la naturaleza. Dispuesta a convertirse en consumidora inductora, apretó sin ningún signo de titubeo el botón de encendido del mando a distancia. El televisor se llenó de imágenes y se aprestó a dar cobijo a un mundo paradisíaco. La consumidora número uno parecía escéptica, pero la consumidora número dos tenía fe en los poderes mesiánicos que obrarían el milagro de convertir a aquella pobre descreída. Efectivamente, ante la confiada invocación apareció la visión prometida. La bella autoridad del momento, esa que estaba en la cumbre de su carrera, aquilatada por varios prestigiosos galardones previo paseíto por alfombras coloradas, la que de un día para otro se había erigido en musa de, por lo menos, tres directores de cine reputados, la misma que había hecho la intentona de grabar un disco que ya se estaba escuchando en todos los festivales de órdago que había en los distintos puntos del globo terráqueo y que, por lo visto, aún tenía tiempo para firmar contratos millonarios que, magnánima y caritativamente, le cedían el espacio, el tiempo y la oportunidad de revelar al resto de los mortales los productos que deberían usar para ser tan divinos como ella, apareció en la pantalla con su piel radiante y luminosa y unas mechas cobrizas relumbrando en los puntos estratégicos de su larga melena recién ondulada a punta de tenacilla.

Con una cálida sonrisa y la más absoluta sinceridad llameando en su mirada color almendra, la bella autoridad comenzó a hablar con una seguridad que desarmaba:


Asistimos al nacimiento del más novedoso producto de todos los tiempos. Uno que te cambiará la vida a mejor y que te la hará más fácil. En primer lugar, con él estarás protegida las 24 horas del día, porque nuestro producto no te abandona. En segundo lugar, se adapta perfectamente a tu cuerpo, y no solo eso, con él tendrás una relación fina y segura. Con nuestro producto te gustará ser mujer (bien por el aspecto de la complementación, bien por el de la comparación). Por último, no te contentes con nada inferior, porque nosotras lo valemos. El más novedoso producto de todos los tiempos se llama hombre. Atrévete a probarlo.”


A la actriz se le desparramó una sonrisa pícara, tierna y profident por su rostro de anuncio y en la parte superior de la pantalla salió un cartelito que rezaba: “De venta en supermercados y farmacias”

Eva, para bien y para mal, acababa de morder la jugosa manzana envenenada de la publicidad. Estaba dispuesta a comprar el más novedoso producto de todos los tiempos: esa cosa llamada hombre que anunciaban en horario de máxima audiencia. Esa audiencia de féminas solitarias que sólo tenían a la televisión en su vida. Conclusión: las encuestas del lince de márquetin habían servido para... dejémoslo en que para algo que se llamaría amor y que por una vez, cosa extraña, no habían ideado los publicistas.

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