domingo, 14 de septiembre de 2008

Preocupaciones aperreadas

Ella caminaba aprisa, impregnándose con el relente del atardecer. El otoño incipiente ya arremolinaba en las aceras las hojas amarillas de algunos árboles. Sus ramas pronto estarían desnudas. Y entonces se sentirían como ella. Peladas. Sus bolsillos vacíos eran el agente causal de esa sensación. Al menos podía meter las manos en ellos hasta el fondo, sin tropezar con la frialdad roída de alguna mísera moneda. Y así lo hizo, se embozó las manos hasta las muñecas en los bolsillos pelados de su cazadora, para ahuyentar el frío que empezaba a agarrotárselas. Era la única ventaja que podía encontrarle a los ladridos destemplados que, día sí y día también, debía soportarle a su casera por el hecho de que el pago del alquiler se hubiera convertido en una cuestión de remoloneo y de puro azar.

Dentro de su bolso sonó el móvil. Ahí estaba otra vez. Las mismas ásperas reclamaciones bullendo al otro lado de la línea. Resopló exhausta y dejó que la llamada terminara. ¿Para qué contestar? ¿Para exponer las derrotistas excusas de siempre? Casi sería preferible llegar una noche de la hamburguesería y, simplemente, encontrar sus pertenencias en el patio, sin que mediara una explicación, sin tener que sostener una lucha extenuante, por perdida de antemano, con las armas rotas de siempre. Tal vez Juan también se estaba cansando de eso, de esa vida tan de prestado, tan inconsistente, tan artificial. Por supuesto, no lo sabía a ciencia cierta. Desconocía si el gesto pétreo, arisco y taciturno que había aquella mañana en su cara cuando sacó del tostador las rebanadas de pan, quemadas a causa de sus despistes, tenía algo que ver con aquella situación. Solo sabía que, en dos años de noviazgo, jamás había visto semejante expresión en su rostro. ¿El hastío y la desesperanza lo habrían entibiado también a él? Aunque, bueno, de ser así, tampoco podía reprochárselo. ¿A quién no le hartaría aquel espejismo con forma de callejón sin salida?

Bajó el bordillo de la acera para cruzar y sus botas de ante se sumergieron hasta el tobillo en un charco de agua sucia, al tiempo que en su garganta explotaba un estornudo. Perfecto, solamente faltaba eso, un resfriado monumental como colofón junto a unas botas que quedaban para tirar. Siguiendo el hilo viscoso de los catarros morrocotudos le vino a la mente la prueba médica a la que su padre se habría sometido esa tarde. Aquella bronquitis no pintaba nada bien... tendría que llamarlo en cuanto llegara a casa y enfrentarse a lo que le fuera anunciado al otro lado del auricular. Suspiró y sintió que el mundo era gris, que pesaba mucho y que, a la vez, no podía hacerse con él. El semáforo se coloreó de verde y automáticamente comenzó a cruzar la calzada. Menuda vida de perros... mientras pensaba esto, la idea pareció quedar corroborada por la visión momentánea de un perro que cruzaba desde la otra acera. Sus retinas lo recogieron un instante. Puede que incluso, sin darse cuenta, volviera a musitar para sí “qué perrerías tiene esta vida”, pero de inmediato saltó de ese pensamiento al siguiente. Sin embargo, el cánido que avanzaba hacia ella no iba a consentir con tanta facilidad la evasión de su indiferencia. La escrutó inquisidor mientras ambos se acercaban de modo ineluctable y, cuando confluyeron en la isleta que había en mitad del cruce, se irguió con resolución sobre sus patas traseras y apoyó las delanteras en los muslos de ella. Fue un saludo genuino, un empujón de la realidad que la arrancó de sus cavilaciones difusas. Notó el peso liviano y cálido del perro mientras a su espalda pasaba un Seat rojo con un chirriante derrape. El perro se puso a lamerle las manos con las que, primero, intentó zafarse de él y luego, conservar el equilibrio. Era desconcertante. De repente, se fijó en que se trataba de un perro labrador precioso, en que sus expresivos ojos brillaban con una fuerte y cándida luz, que estaban vacíos de afectación y hechos de puro afecto. A la vez estaba oyendo la voz vaga del amo del perro, convertido en una mera imagen fugaz. Intentaba dominarlo con la correa y, con un tono jovial que solicitaba indulgencia, decía: “Quieto, chico, tranquilo. Parece que usted le gusta...”
Se escuchó a sí misma replicar con cortesía: “Sí, es muy simpático...”
Pero en realidad solo observaba al perro, atenta y absorta. Posó una mano en su cabeza suave. Acto seguido, cada cual continuó su camino. El perro recuperó su condición de cuadrúpedo y alcanzó el extremo de la calzada en tanto ella hacía lo propio en la otra acera.
Entonces, quiso volver a zambullirse en el panorama desolador de sus preocupaciones. Con sorpresa, comprobó que ya no estaban allí. Extrañamente habían desaparecido. Tuvo una súbita revelación. El perro había empujado a sus demonios. Giró la cabeza y los vio, yaciendo en el asfalto, inermes, inocuos, inanes. El Seat rojo los había atropellado.

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