lunes, 13 de octubre de 2008

La loba solitaria

A Ruth le gustaba pasear sola, de camino a casa, volviendo del colegio. Pensar a buen paso. Sentir el viento. Tomar la calle que más le apeteciera en cada momento, aunque la mayoría de veces fuera la de siempre. Pero ahí estaba la posibilidad de cambiar de sendero sin consultar ni depender de un asentimiento. Sin tener que explicar los arrebatos. Cuando empezó la universidad siguió haciéndolo. El nutrido grupo de la residencia consideró esas caminatas a solas una decisión rara. La manada ampara. Lo gregario es lo natural. Ser una loba solitaria también lo es. Pero menos. Al principio ni se lo planteaba. Luego comprobó que sus hábitos eran los de esa gente a la que se echa de comer aparte. Cuando se dio cuenta, en parte le gustó. Sentirse especial, distinta. Por otra parte le dio pena, ¿se estaría perdiendo algo?, ¿sería uno de esos seres a los que llaman marginados? Pero los paseos hacia la Facultad eran gratos, así, desprovistos de estridente parloteo. Mirando hacia lo alto sin infligir un desaire al que, a tu lado, te habla de frente. Contemplando las hojas amarillas del otoño, la escarcha entre las briznas invernales, las margaritas también amarillas de la primavera y la nada azul del verano. Sintiendo bullir las sienes con el hervidero de los pensamientos o con el poder absorbente del vacío. Así estaba bien. Andar notando los pies en los intersticios de los guijarros, de las baldosas, de los adoquines y del fango. Alzar un solo instante la vista de la punta de los botines y toparse con un tipo rubio y pecoso de gafas redondas. Continuar andando, antes de llegar a la vorágine que nos espera y tener que dejarlo. Y así todos los días. Una rutina que cada día es nueva porque Ruth es nueva, aunque siga siendo la misma. El camino es siempre igual, las sensaciones muy parecidas, todas las mañanas se cruza con el mismo tipo rubio y pecoso de gafas redondas. Las siete de la mañana de un miércoles cualquiera le deparan una de esas novedades insustanciales y cruciales que hacen únicos a cada hora y a cada miércoles. Como digo, el reloj marca las 7 a.m. ese miércoles sin importancia cuando el tipo rubio y pecoso de las gafas redondas, después de fijar los ojos acuosos en ella como todas las mañanas, se decide a introducir una innovación extraña y levanta el mentón. Esa barbilla que apunta momentáneamente para arriba se dirige a ella. Es un saludo. Ruth se lo devuelve, con asombro y un rubor gozoso. Ha estado a punto de sonreír. Sólo el desconcierto se lo ha impedido. Otra mañana. Esta vez es jueves, continúa siendo la misma hora inclemente. Y él otra vez, el tipo rubio y pecoso de las gafas redondas. El saludo se produce de nuevo. En esta ocasión la sonrisa tiene el paso libre para curvar la boca de Ruth. Le corresponde con otro alzamiento de mentón. Así acontecerá en lo sucesivo. Sigue yendo sola a clase. La rutina del saludo ya se ha incorporado. Cierta mañana, puede que fuera martes, hasta musita un “hola”. Podrían pasarse la vida así, pero a veces la inercia se corta. Un día, quizás un lunes, no se lo cruza. Tal vez no han coincidido por la hora. Ciertamente ha abandonado la residencia cinco minutos antes. Enseguida lo olvida. Al día siguiente comprueba con sorpresa que está retrasando deliberadamente la hora de salida. Para no adelantarse de nuevo. Para encontrárselo. Pero su táctica tampoco funciona esa mañana. Quizás el milagro de aquel saludo radicaba en que no había táctica. Simplemente ocurría. Tiene tiempo de lamentar la extraña pérdida apenas unos minutos. Luego su pena se la traga el devenir de la vida. A fin de cuentas, aquello no podía durar, porque ella no puede dejar de ser la loba solitaria. El tiempo pasa y ensaya en ella una nueva fórmula. Otra novedad. Se va a vivir con una compañera. Esto cambiará mis rutinas, se dice. Pero pronto la realidad la desengaña. Esta vez vuelve a casa por las tardes y, a veces porque la compañera está acuciada por una conversación telefónica y otras porque sencillamente decide irse con una amiga residente en otro lugar sin darle siquiera una excusa, Ruth sigue volviendo sola a casa. No podía ser de otra manera. Esta vez le escuece un poco más. La soledad le ha venido un poco más impuesta. Llega a creerse que es lo que se merece. Y entonces tiene la intuición de que aquello siempre será así, de que siempre volverá sola a casa, y se bautiza. La loba solitaria. Esa es ella. Por mucho que cambie el mundo que tiene alrededor. Es la intuición de lo que nunca va a cambiar. A veces el azar nos depara cosas que no logramos intuir y que son maravillosas. Pero las intuiciones que nos asaltan sobre nosotros mismos de repente suelen ser ciertas el resto de nuestra vida. Pasan los años. Ha acabado la universidad, ha conseguido trabajo, se ha mudado de ciudad, ha conservado amigos con los que habla de vez en cuando y con los que juega a saludarse efusivamente después de un tiempo sin verse. Sus padres aún viven, la llaman y se interesan por ella. En dos ocasiones tuvo un novio. Es más fuerte, más madura, conoce una porción más de mundo, ha aprendido más cosas y también ha olvidado muchas otras. Las americanas ahora le sientan bien. Ya no lleva un bolso deshilachado. Utiliza gafas de cerca. Pasea por la acera lobunamente pero sin aullar. La avenida está atestada de gente que se empuja. A lo mejor no eran tan manada como pensaba. Desde luego, ahora que los observa, no parecen unidos con sus teléfonos en la oreja y un sándwich en la cartera. Ceños fruncidos. Siempre pensó que, a nivel de grupo, tenían más que ella. Y de pronto, en un instante, se siente más rica en ese aspecto que cualquiera de ellos. Acaba de notarlo. Una fracción de segundo. Entre la horda de cabezas. Ni siquiera sabe qué es, no lo ha identificado, pero atisbarlo le ha dado un vuelco. Un tipo rubio y pecoso de gafas redondas que la saludó durante unas cuantas mañanas, en la época en la que empezó a percatarse de que era una lobezna. Y entonces se da cuenta de que se acordaba de él. No lo habría sospechado ni aunque la hubiesen sometido a tortura. Sonrió y tuvo tiempo de vislumbrar un alzamiento de barbilla. La saludaba. Otra vez. Ya no importaba si Ruth era más sabia o más fuerte, si había visto una faceta más del planeta, ni lo que había aprendido u olvidado. Si era madura o una breva verde y tierna recién salida en el árbol. Tenía la intuición de que era una loba solitaria, pero tenía también aquel saludo. Y en ese momento se cruzaron del todo y el tipo rubio y pecoso de gafas redondas se perdió a su espalda, para siempre, o al menos eso sería lo fácil de decir. Pero no, se perdió para nunca. Aquel saludo nunca se perdería. Y ella tuvo otra intuición de esas de para toda la vida. Que todos, a fin de cuentas, volvemos solos a casa. Que el único consuelo es que nuestra soledad es compartida. Que el ser humano no puede aspirar a conocer más allá ni nada más genuino. Que aquél que acababa de experimentar era el máximo placer. El de reconocer a un perfecto desconocido.

Caricias de huérfano


Los niños jugaban a capturar la luz.

Era divertido saltar y jadear a la par, animados por la misma ilusión.

Era reconfortante notar las motas y el calor lamiendo sus dedos, como un reguero esperanzador.

Era decepcionante sentir cómo los rayos se escurrían, resbalando en un solo instante por las yemas.

Era muy doloroso. La cocinera del orfanato les había contado a aquellos niños desde que supieron escuchar que el Sol era el único padre que conocerían.

domingo, 28 de septiembre de 2008

El más novedoso producto de todos los tiempos

El sol entraba a raudales por las amplias cristaleras de la oficina. Todo parecía prometedor. El horizonte amanecía despejado. En aquella reunión convocada a primera hora de la mañana se cifraban grandes expectativas. Decir esperanzas resultaría demasiado poético para el lenguaje expedito que se hablaba en aquel edificio, símbolo del progreso, la sofisticación y la eficacia profesional. Los peces gordos que aportaban el capital se abismaban tras las vidrieras de la ansiedad, con un leve boqueo y el conveniente barniz de sudor frío requerido por las circunstancias. El lobo resoluto se esponjaba, cómodo y satisfecho, dentro de su traje de impecable corte, parapetado tras su mesa, reclinado en su sillón. Como todo agresivo manejador de los hilos de la empresa, dominaba el cotarro desde la atalaya de sus su provisionales. Los loritos pensantes toqueteaban sus papeles y disimulaban su nerviosismo con la capa de circunspecta dignidad de la que se revisten quienes han utilizado la materia gris. El vistoso papagayo se atusaba las patillas, se humedecía su piquito de oro y mentalmente repetía el discurso, los ademanes y los chistes de los que constaba su exhibición circense. Todo estaba a punto de empezar. Cuando el último de los citados franqueó la puerta de cristal y se acomodó en el asiento de cuero, la reunión dio comienzo. El lobo resoluto hizo las presentaciones de rigor, especificó una serie aprendida de objetivos, repitió algunos valores que se debían preservar, preguntó si alguno quería café o una botella de agua mineral y entonces mandó al vistoso papagayo que expusiera lo que los había logrado juntar bajo aquel techo de pladur y focos de diseño: la impactante, eficiente, sensacional, espectacular y sin precedentes campaña publicitaria del más novedoso producto de todos los tiempos. Tras pronunciar semejante parrafada, destilando carisma, irradiando confianza en sí mismo y casi persuadiendo al resto de los concurrentes de que eran una pandilla de amigos que tenían muchos buenos recuerdos de juventud que rememorar en equipo, y casi morir de asfixia en el intento, concedió una breve tregua a sus pulmones, a sus cuerdas vocales y a su convincente encanto y se limitó a mostrar algunas gráficas de colores atrayentes y una presentación muy visual de su portátil que el cañón proyectaba en la pared granate.

-Para promocionar el más novedoso producto de todos los tiempos -prosiguió-, hemos contado con la eficaz acción coordinada de publicistas especializados en el campo de los productos de higiene íntima. De hecho, no ha sido necesario que nuestros publicistas de desodorantes, compresas y champús modificasen los lemas que tan afortunadamente utilizaron en la venta de esos productos. Y es que, nuestros investigadores de márquetin, unos auténticos linces, después de realizar a un representativo espectro de la población detalladas y fiables encuestas, extrajeron la brillante conclusión de que las cualidades que se ponen de relieve en los anuncios de productos de higiene íntima son las mismas que queríamos resaltar en el más novedoso producto de todos los tiempos. Los primeros tanteos a pie de calle no pueden ser más optimistas. Creemos que la estrategia que hemos marcado tendrá una acogida inmejorable por parte de los consumidores. Tenemos la firme convicción, en definitiva, de que, dada la situación actual del público al que nos dirigimos, el más novedoso producto de todos los tiempos va a ser un fenómeno de ventas como no ha habido otro en la historia de la humanidad.

La grandilocuente gramática parda del vistoso papagayo, tan halagüeña a los oídos de los peces gordos, tranquilizadora para el lobo resoluto y aduladora para con los loritos pensantes, dio sus frutos, porque hubo carraspeos de aprobación, asentimientos de testuz, gruñidos de conformidad, jadeos de complacencia oronda y apretones de manos que intercambiaron cartas blancas y asas de esos maletines tan apetecibles que van rellenos de verde pasta al pesto, que endulzan el paladar y hacen más llevadera la digestión. Todos de acuerdo y con los bolsillos abastecidos, la reunión se disolvió en volutas de satisfacción y la empresa de publicidad se puso manos a la obra.


La consumidora número uno, a la que llamaremos Eva, entró con la consumidora número dos, a la que designaremos como Lilith, en su apartamento. Ambas se sentaron descuidadamente en el sofá y la consumidora número uno no pudo reprimir un resoplido de hastío y desesperanza. La consumidora número dos le dijo que se quitara de la cabeza aquello que la estaba haciendo sufrir tantísimo. Realmente, no merecía la pena, y menos después de lo que había visto aquella mañana mientras, con las legañas aún pegadas y removiendo una taza de té verde, se preguntaba a tientas por dónde andaba la salida a aquel callejón que, así lo atestiguaba la placa, había sido bautizado con el nombre de “Mi Vida”. Aquella mañana los ojos se le habían acabado de abrir, rasgando las legañas y derramando parte del té verde por un espasmo de emoción, cuando allí, reflejada en la pantalla del televisor, había visto la respuesta a todos sus quebraderos de cabeza. Repentinamente, aquel recuadrito chisporroteante de electrones había adquirido toda la potestad y los visos de convertirse en aquella anhelada salida al obstruido callejón de su vida, ese que, en su tediosa monotonía, no iba ni para delante ni para detrás. La consumidora número dos estaba segura de que su amiga sentiría lo mismo cuando viera aquel portento de la naturaleza. Dispuesta a convertirse en consumidora inductora, apretó sin ningún signo de titubeo el botón de encendido del mando a distancia. El televisor se llenó de imágenes y se aprestó a dar cobijo a un mundo paradisíaco. La consumidora número uno parecía escéptica, pero la consumidora número dos tenía fe en los poderes mesiánicos que obrarían el milagro de convertir a aquella pobre descreída. Efectivamente, ante la confiada invocación apareció la visión prometida. La bella autoridad del momento, esa que estaba en la cumbre de su carrera, aquilatada por varios prestigiosos galardones previo paseíto por alfombras coloradas, la que de un día para otro se había erigido en musa de, por lo menos, tres directores de cine reputados, la misma que había hecho la intentona de grabar un disco que ya se estaba escuchando en todos los festivales de órdago que había en los distintos puntos del globo terráqueo y que, por lo visto, aún tenía tiempo para firmar contratos millonarios que, magnánima y caritativamente, le cedían el espacio, el tiempo y la oportunidad de revelar al resto de los mortales los productos que deberían usar para ser tan divinos como ella, apareció en la pantalla con su piel radiante y luminosa y unas mechas cobrizas relumbrando en los puntos estratégicos de su larga melena recién ondulada a punta de tenacilla.

Con una cálida sonrisa y la más absoluta sinceridad llameando en su mirada color almendra, la bella autoridad comenzó a hablar con una seguridad que desarmaba:


Asistimos al nacimiento del más novedoso producto de todos los tiempos. Uno que te cambiará la vida a mejor y que te la hará más fácil. En primer lugar, con él estarás protegida las 24 horas del día, porque nuestro producto no te abandona. En segundo lugar, se adapta perfectamente a tu cuerpo, y no solo eso, con él tendrás una relación fina y segura. Con nuestro producto te gustará ser mujer (bien por el aspecto de la complementación, bien por el de la comparación). Por último, no te contentes con nada inferior, porque nosotras lo valemos. El más novedoso producto de todos los tiempos se llama hombre. Atrévete a probarlo.”


A la actriz se le desparramó una sonrisa pícara, tierna y profident por su rostro de anuncio y en la parte superior de la pantalla salió un cartelito que rezaba: “De venta en supermercados y farmacias”

Eva, para bien y para mal, acababa de morder la jugosa manzana envenenada de la publicidad. Estaba dispuesta a comprar el más novedoso producto de todos los tiempos: esa cosa llamada hombre que anunciaban en horario de máxima audiencia. Esa audiencia de féminas solitarias que sólo tenían a la televisión en su vida. Conclusión: las encuestas del lince de márquetin habían servido para... dejémoslo en que para algo que se llamaría amor y que por una vez, cosa extraña, no habían ideado los publicistas.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Preocupaciones aperreadas

Ella caminaba aprisa, impregnándose con el relente del atardecer. El otoño incipiente ya arremolinaba en las aceras las hojas amarillas de algunos árboles. Sus ramas pronto estarían desnudas. Y entonces se sentirían como ella. Peladas. Sus bolsillos vacíos eran el agente causal de esa sensación. Al menos podía meter las manos en ellos hasta el fondo, sin tropezar con la frialdad roída de alguna mísera moneda. Y así lo hizo, se embozó las manos hasta las muñecas en los bolsillos pelados de su cazadora, para ahuyentar el frío que empezaba a agarrotárselas. Era la única ventaja que podía encontrarle a los ladridos destemplados que, día sí y día también, debía soportarle a su casera por el hecho de que el pago del alquiler se hubiera convertido en una cuestión de remoloneo y de puro azar.

Dentro de su bolso sonó el móvil. Ahí estaba otra vez. Las mismas ásperas reclamaciones bullendo al otro lado de la línea. Resopló exhausta y dejó que la llamada terminara. ¿Para qué contestar? ¿Para exponer las derrotistas excusas de siempre? Casi sería preferible llegar una noche de la hamburguesería y, simplemente, encontrar sus pertenencias en el patio, sin que mediara una explicación, sin tener que sostener una lucha extenuante, por perdida de antemano, con las armas rotas de siempre. Tal vez Juan también se estaba cansando de eso, de esa vida tan de prestado, tan inconsistente, tan artificial. Por supuesto, no lo sabía a ciencia cierta. Desconocía si el gesto pétreo, arisco y taciturno que había aquella mañana en su cara cuando sacó del tostador las rebanadas de pan, quemadas a causa de sus despistes, tenía algo que ver con aquella situación. Solo sabía que, en dos años de noviazgo, jamás había visto semejante expresión en su rostro. ¿El hastío y la desesperanza lo habrían entibiado también a él? Aunque, bueno, de ser así, tampoco podía reprochárselo. ¿A quién no le hartaría aquel espejismo con forma de callejón sin salida?

Bajó el bordillo de la acera para cruzar y sus botas de ante se sumergieron hasta el tobillo en un charco de agua sucia, al tiempo que en su garganta explotaba un estornudo. Perfecto, solamente faltaba eso, un resfriado monumental como colofón junto a unas botas que quedaban para tirar. Siguiendo el hilo viscoso de los catarros morrocotudos le vino a la mente la prueba médica a la que su padre se habría sometido esa tarde. Aquella bronquitis no pintaba nada bien... tendría que llamarlo en cuanto llegara a casa y enfrentarse a lo que le fuera anunciado al otro lado del auricular. Suspiró y sintió que el mundo era gris, que pesaba mucho y que, a la vez, no podía hacerse con él. El semáforo se coloreó de verde y automáticamente comenzó a cruzar la calzada. Menuda vida de perros... mientras pensaba esto, la idea pareció quedar corroborada por la visión momentánea de un perro que cruzaba desde la otra acera. Sus retinas lo recogieron un instante. Puede que incluso, sin darse cuenta, volviera a musitar para sí “qué perrerías tiene esta vida”, pero de inmediato saltó de ese pensamiento al siguiente. Sin embargo, el cánido que avanzaba hacia ella no iba a consentir con tanta facilidad la evasión de su indiferencia. La escrutó inquisidor mientras ambos se acercaban de modo ineluctable y, cuando confluyeron en la isleta que había en mitad del cruce, se irguió con resolución sobre sus patas traseras y apoyó las delanteras en los muslos de ella. Fue un saludo genuino, un empujón de la realidad que la arrancó de sus cavilaciones difusas. Notó el peso liviano y cálido del perro mientras a su espalda pasaba un Seat rojo con un chirriante derrape. El perro se puso a lamerle las manos con las que, primero, intentó zafarse de él y luego, conservar el equilibrio. Era desconcertante. De repente, se fijó en que se trataba de un perro labrador precioso, en que sus expresivos ojos brillaban con una fuerte y cándida luz, que estaban vacíos de afectación y hechos de puro afecto. A la vez estaba oyendo la voz vaga del amo del perro, convertido en una mera imagen fugaz. Intentaba dominarlo con la correa y, con un tono jovial que solicitaba indulgencia, decía: “Quieto, chico, tranquilo. Parece que usted le gusta...”
Se escuchó a sí misma replicar con cortesía: “Sí, es muy simpático...”
Pero en realidad solo observaba al perro, atenta y absorta. Posó una mano en su cabeza suave. Acto seguido, cada cual continuó su camino. El perro recuperó su condición de cuadrúpedo y alcanzó el extremo de la calzada en tanto ella hacía lo propio en la otra acera.
Entonces, quiso volver a zambullirse en el panorama desolador de sus preocupaciones. Con sorpresa, comprobó que ya no estaban allí. Extrañamente habían desaparecido. Tuvo una súbita revelación. El perro había empujado a sus demonios. Giró la cabeza y los vio, yaciendo en el asfalto, inermes, inocuos, inanes. El Seat rojo los había atropellado.

Ojalá vuelvas

Querido mío, tu ausencia me pesa tanto... demasiado estás tardando. Otras veces me habías faltado, pero nunca durante tanto tiempo. Comprende mi impaciencia, ¿no ves que sin ti mi existencia carece de significado? Antes de conocerte no sabía para qué estaba aquí, cuál era el propósito de mi vida. Sólo era una hendidura por la que pasaba el aire. Pero cuando te vi por primera vez, frente a mí, con tu dorada cara redonda destellando, sentí un estremecimiento y todo cobró sentido. Estábamos predestinados, yo existía para ti y tú para mí. La primera vez que, entre titubeos, te acercaste y penetraste en mí, experimenté una total plenitud. Me llenaste por completo y entendí que hasta ese momento, había estado vacío. Mi misión era abrazarte, retenerte, darte amparo. Sin embargo, saliste de mí. Pensé que me moriría, no me llegaba la camisa al cuerpo. Pero regresaste, introduciéndote de nuevo en mi ser. Siempre que te marchabas, acababas retornando. En una ocasión incluso me fuiste infiel con otro de la fila. Se trató de una equivocación, fue la excusa que alegaste cuando volviste a mí. Porque volviste. ¿Acaso podía ser de otra forma? Si nos pertenecemos el uno al otro... Te perdoné, puesto que lo eres todo para mí. La última vez que me dejaste, creí que sería un intervalo como los anteriores, pero mi espera ya está durando demasiado, y eso me aterra. Sin ti no sirvo para nada. Por aquí se rumorea que te has perdido. Pero no quiero creerlo. Así que, amor, desmiente a los maliciosos y vuelve. Vuelve, que si no, no me queda nada, sólo vacío. Haz que los demás ojales no tengan razón, querido, cuando dicen que no merece la pena que espere a un botón que se ha caído.